Nostalgia y grandes recuerdos quedan de una época en la vida de los culichis y navolatenses. Era el año 1880 cuando Sebastián Camacho y Robert R. Symon pretendían poner en marcha la línea ferroviaria denominada Ferrocarril Sinaloa-Durango, pero fue hasta 1883 cuando la línea ferrocarrilera inició operaciones por una compañía de Boston.

Concebido como un medio de transporte que partiera del puerto de Altata, cruzando por Navolato y Culiacán, atravesara la Sierra Madre Occidental, Durango y Fresnillo, entroncara con el Ferrocarril Central Mexicano en Salinas del Peñón Blanco, lo accidentado e intrincado de la sierra durangueña truncaron el sueño de rieles y durmientes.

El Ferrocarril Sinaloa-Durango, tenía su estación principal en Altata y otra en Culiacán (donde hoy es la Avenida Andrade y bulevar Gabriel Leyva Solano), las estaciones estaban fabricadas en madera, con oficinas de adobe y techo lámina galvanizada, donde funcionaban los talleres de carpintería y mecánico, de herrería y fundición.

El primer maquinista del Tacuarinero fue el inglés Charles King, a quien sus amigos y pasajeros le decían “Chalequín” también cumplió con otras funciones como auditor, agente de publicaciones y pasaleña.

El Tacuarinero tenía algunas subestaciones entre Altata y Culiacán en Guasimilla, El ejido La Sinaloa, Yebavito, La Laguna, San Pedro, Aguaruto y Las Flores.

El nombre de tacuarinero viene de la palabra tacuarín, el cual es conocido también como coríco; los cuales son bocadillos de maíz molido, amasados con manteca de res y horneados en los hogares, tradicionalmente de Sonora y Sinaloa.

Se sabe que dentro de sus casi 100 años de existencia, dentro de su travesía del tren, las mujeres subían cargadas con canastos para vender este tipo de galletas.